A mal tiempo… nuestra mejor cara (Exhibición 3 de noviembre de 2019)

Esta es la crónica de una exhibición cancelada que dio, sin embargo, para mucho…
Durante el mes de octubre habíamos tenido un par de eventos reseñables: por un lado, nuestra presencia en la presentación del sello conmemorativo del Centenario del Transporte Aéreo en España, acto que tuvo lugar el día 18 en el Ministerio de Fomento, como ya contamos en el boletín FIO Digest; por otro la presentación del libro “Isidoro Giménez, maestro de pilotos” por parte de su autor, Carlos Lázaro, en las dependencias del RACE el día 25. Llegado noviembre toda nuestra atención estaba puesta en la exhibición del día 3, razón por la cual llevábamos toda la semana consultando con preocupación las previsiones meteorológicas, que no invitaban al optimismo.
El sábado 2 amaneció un tanto ventoso pero sin lluvia, así que al menos algunos de nuestros aviones pudieron salir a hacer su entrenamiento. De los biplanos tan sólo se aventuró el Stearman, que estuvo haciendo unas cuantas tomas y despegues antes de dar por bueno el día, mientras que de los monoplanos volaron los más pesados, Mentor, T-6 y Twin Beech, que son los que mejores características tienen para afrontar vientos racheados -hay que decir que venían del oeste, muy bien alineados con la pista de Cuatro Vientos, pues de haberse cruzado lo más posible es que no hubieran despegado ni siquera estos- y también la AISA I-115, aprovechando un rato en el que las condiciones estuvieron más favorables. Como suele decirse, nos daríamos con un canto en los dientes si al día siguiente salía todo igual y podíamos poner en el aire al menos esos mismos aviones, pero ay, esta vez no íbamos a tener suerte.

El T-6 frente al hangar durante la maána del sábado (foto Shery Shalchian)

El domingo a las nueve de la mañana, tras una noche en la que habían caído al menos un par de chaparrones, nos daba la bienvenida una fina lluvia del tipo “calabobos” (los bobos, cómo no, éramos nosotros), aunque la previsión era que parase no mucho más tarde. Peor iba a ser lo del viento, que en esos primeros momentos no era muy terrible, pero que casi con total seguridad iba a ir yendo a más según fueran pasando las horas. Según el TAF (Terminal Aerodrome Forecast, o lo que es lo mismo, la previsión meteorológica local en la zona del aeropuerto), a lo largo de la mañana se esperaban vientos de 19 nudos (unos 35 km/h) procedentes, al igual que el sábado, del oeste (eso era lo único bueno), pero con rachas de hasta 34 nudos (casi 63 km/h), que iban a hacer muy complicado que pudiesen despegar los aviones. Como el TAF lo que proporciona son tendencias dentro de un periodo horario más o menos amplio, cabía la posibilidad de que la situación no empeorase tanto hasta pasada la hora de la demostración en vuelo, y en el peor de los casos no parecía que fuera a ser tan mala como para no poder hacer al menos la exhibición estática, así que nuestros mecánicos empezaron a traer aviones hacia el corralito y la calle de rodaje que une el parking del RACE con la plataforma general (delante de los Caribous). Los voluntarios “de azul” nos afanábamos colocando carteles, vallas y pivotes, montando la taquilla y la tienda y dejando, eso sí, las carpas cerradas por el momento, a la espera de saber cómo iba evolucionando el día. Los pilotos, por su parte, acudían a su reunión matutina en la sala de briefing, mirando de reojo hacia el cielo y consultando en los móviles el último METAR y el TAF.

La manga ya no daba más de sí… (foto Shery Shalchian)

En torno a las diez, la lluvia había dejado de molestarnos, pero el mítico dios Eolo cada vez parecía estar de peor humor. Los mecánicos orientaban los aviones más pequeños con el morro apuntando hacia el viento, ya que una racha fuerte de costado puede llegar a causar daños serios en una de nuestras frágiles Bücker, por ejemplo, si llega a levantar los planos del lado que recibe el viento y a hacer chocar contra el suelo el plano bajo contrario  (en un caso extremo podría incluso volcar el avión). A las 10:30 los 34 nudos no eran ya una previsión sino que los teníamos ahí, y además el vendaval había dejado de venir “de oeste puro” para empezar a oscilar en un arco de 60 grados. La manga situada sobre la torre de control no podía estar más tensa, y lo de desplegar las carpas se estaba convirtiendo en tarea imposible. El día se estaba poniendo bastante desagradable…
 
Alguien avisó por el walkie de que el taller infantil amenazaba con salir volando y, al mirar hacia allá, pudimos comprobar que no era una exageración. El viento empujaba con tanta fuerza las lonas, recién estrenadas en la exhibición anterior, que ya habían saltado algunos enganches y la estructura, además, se bamboleaba peligrosamente. Siete u ocho voluntarios acudieron corriendo a recoger las lonas laterales, frontal y trasera antes de que se produjese el desastre. Además de la posible rotura de nuestro humilde taller, hay que tener en cuenta que justo detrás está el parking del RACE y los aviones de dos escuelas de vuelo, ¡mejor prevenir que curar! Por otro lado, cada vez con mayor frecuencia, el viento tumbaba aquellas vallas que no están sujetas al suelo -las que tenemos que mover para permitir el acceso al corralito-, y en ocasiones lo hacía con bastante violencia. En esos instantes sólo eran un incordio por tener que volver a levantarlas, pero un rato más tarde, cuando hubiera niños caminando por allí, podrían representar un peligro. Viendo lo mucho que se estaba complicando la meteo se pasó aviso al director de la exibición, que bajó al corralito para comprobarlo in situ. La conclusión a la que llegó  fue que el día no sólo no estaba para volar, sino que ni siquiera era prudente mantener la exhibición estática. Por mucho que nos doliera no quedaba más remedio que cancelarlo todo. Mientras los mecánicos retiraban los aviones con no poco esfuerzo, ya que lo hacían afrontando entre 35 y 65 km/h de viento en contra según viniera la racha, la mayor parte del grupo de voluntarios se dedicaba a recoger todos los elementos de la exhibición en tierra. Llevar un simple cartel hasta el contenedor costaba un triunfo. El público, que ya había empezado a acumularse frente a la taquilla, fue informado de cuál era la situación. A los que habían comprado las entradas por Internet se les tranquilizó aclarando que éstas seguirían siendo válidas para cualquier exhibición a lo largo de un año. Sin embargo, como en otras ocasiones parecidas, la FIO había decidido ofrecer “a modo de consuelo” la posibilidad de hacer visitas guiadas al hangar-museo en grupos de no más de 20 ó 25 personas (la zona de paso que tenemos, por los laterales del hangar, es bastante estrecha). Un buen número de visitantes decidió quedarse, pero sabíamos que los más especiales aún estaban por llegar.

Con viento de cara lo de empujar los aviones hasta el hangar no es tarea cómoda… (foto Shery Shalchian)

Resulta que este día teníamos previsto recibir a un grupo numeroso de la Fundación Proyecto Persona, en una visita organizada por la Fundación ENAIRE. Serían unas cuarenta personas con distintas discapacidades físicas e intelectuales, acompañadas por una veintena de monitores. Aunque se hubieran suspendido los vuelos no podíamos dejarlos con las ganas de ver aviones, pues nos habían informado de que llevaban esperando este día desde hacía tiempo y que traían una ilusión tremenda (eso es algo que íbamos a poder comprobar por nosotros mismos), así que también para ellos debería haber visita al hangar-museo y además nos tendríamos que esmerar. No había tiempo que perder, así que mientras llegaba su autocar, y tan pronto como se terminó de acondicionar el hangar, empezamos los recorridos para el resto del público, aunque hubo gente que decidió marcharse antes de que le llegara el turno porque el día estaba de lo más desapacible. No viene de más comentar que a media mañana bajó un poco la intensidad de las rachas de viento y que hubo algunas personas, que no habían estado en Cuatro Vientos desde primera hora, que se extrañaron de que no hubiésemos dejado los aviones afuera. Lo cierto es que el aviso del TAF estuvo activo hasta pasada la hora de cierre del campo y que, de hecho, a primeras horas de la tarde, se alcanzaron durante bastante rato los 37 nudos (68 km/h)… ¡Algunos de nuestros aviones despegan con poco más de eso! En resumidas cuentas y como decimos siempre, la seguridad es lo primero, pero no sólo la de nuestros aviones y pilotos, sino también la de nuestros visitantes: esas vallas que con tanto estrépito se nos habían caído podrían haber causado algún pequeño disgusto.
Los primeros grupos llevaron a cabo su visita sin novedad, y fueron muchas las personas que nos manifestaron su agradecimiento porque hiciésemos esto a pesar de que la exhibición estuviera cancelada. Aquellos que venían por primera vez prometían volver en otra ocasión para poder disfrutar de los aviones en vuelo, seguramente lo harán aún con más ganas ahora que ya conocen al menos parte de su historia. Finalmente nos avisaron de que nuestros invitados de Fundación ENAIRE y Fundación Proyecto Persona llevaban ya rato aguardando en la carpa en la que iban a comer después, y que algunos de estos “chicos grandes” empezaban a impacientarse. Nuestras compañeras Victoria y Julia, que son las que suelen organizar el taller infantil, se habían unido a sus monitores para ayudarles a mantenerlos entretenidos y que no se les hiciera muy pesada la espera, y me consta que lo hicieron de maravilla (¡como siempre!), pero lo cierto es que cuando fuimos a buscarlos para acompañarlos hasta el hangar el entusiasmo general fue mayúsculo.
Los que nos llamamos a nosotros mismos “normales” (¿y qué es “ser normal”?) a veces no sabemos cómo tratar a estas personas, gente con cuerpo de adulto pero con la mentalidad de un niño o de un adolescente, algunos de ellos con limitaciones adicionales (en este caso había varios que tenían que desplazarse en silla de ruedas) y, sin embargo, poseedores de una empatía, una curiosidad y unas ganas de vivir de las que tendríamos mucho que aprender el resto de los mortales. Agradecen inmensamente cualquier gesto que se tenga con ellos y muchos expresan sus sentimientos con enorme naturalidad, lejos de las convenciones que a veces nos atan a los demás. Los medios, con especial mención a la reciente película “Campeones” (una maravilla que recomiendo a todos los que aún no la hayan visto), han contribuido a ayudarles en su integración, pero no hay como pasar un rato con ellos, sin una pantalla de por medio, para olvidarse de tópicos y prejuicios.
Como eran muchos los repartimos también en varios grupos, cada uno de ellos acompañado por varios monitores y con uno de nosotros como guía, junto con algún voluntario más como apoyo dentro del hangar. El que más tablas tiene en esto de enseñar museos es nuestro amigo Kiko, uno de los pilotos voluntarios de la FIO, puesto que antes de llevar pasajeros en “Airbuses” fue guía en el Museo del Aire y también “speaker” en las exhibiciones de la FIO. Yo mismo llevo ya unas cuantas visitas en ambos museos, algunas de ellas con niños, y ya le voy cogiendo el truquillo. Además, tanto Kiko como yo somos padres y sabemos lo que es convivir con un par de “preguntones” en casa (eso cuenta como formación para actividades como esta), pero mi compañero Diego carece de esas experiencias y por eso tiene el doble de mérito lo bien que desempeñó la tarea, encima con dos grupos diferentes, uno detrás del otro, así que aprovecho ahora para mandarle un aplauso 🙂

Diego explicando las maravillas del Twin Beech (foto Fundación ENAIRE)

Nada más entrar al hangar teníamos al British Eagle 2, por lo que mientras Diego se dirigía a los suyos en el hueco que quedaba entre la Moth y el Twin Beech, yo me dediqué a contarle a mi grupo la historia de Juan Ignacio Pombo y su increible odisea aérea para llegar desde Santander hasta Ciudad de Méjico en 1935, pilotando un avión igualito a este. Tenía entre mi público a un forofo de la geografía, que insistía en saber los países concretos por los que había pasado Juan Ignacio, y otro que se interesaba a menudo por los detalles más o menos técnicos diciendo “yo quisiera hacer una pregunta”. Una de las chicas quería saber por qué quería llegar tan lejos, y por eso disfruté especialmente dejando para el final del relato lo de que el joven santanderino se había enamorado perdidamente de una bella mejicana llamada María Elena, a la que había conocido un año antes mientras ella visitaba España con sus padres. Todos celebraron este detalle con grandes exclamaciones (“¡qué romántico, qué romántico!”) y supe que me los había ganado.

Kiko repartiendo sabiduría aeronáutica (foto Shery Shalchian)

Un poco más allá les hablé de Amy Johnson y su periplo entre Londres y Sidney en mayo de 1930, parándome a explicarles cómo, cuando iba camino de Bagdag, le sorprendió una terrible tormenta de arena que le obligó a realizar un aterrizaje forzoso en mitad del desierto, y cómo tuvo que esperar durante más de tres horas abrazada a la cola de la Moth para que el viento (¡peor aún que el de hoy!) no las arrastrara ni al avión ni a ella, sujetando todo el tiempo en la mano un revólver cargado  porque escuchaba aullar a los chacales.
– ¿Y qué es un chacal? -preguntó una chica-.
– Un animal parecido a un lobo.
– A mí me dan un poco de miedo los lobos… -me confesó la pobre, poniendo mala cara-.
– A mí tampoco me gustan…- dijo otro miembro del grupo, compungido.
Creí que me había pasado con el dramatismo (yo y todos esos cuentos clásicos en los que el malo es siempre el lobo) cuando vino en mi ayuda el de la geografía.
– ¿En qué país exactamente fue eso?
– En Irak -le contesté-.
– Ah, entonces en Oriente Medio -me aclaró, enormemente satisfecho-.
– ¡Yo quiero decir una cosa! -intervino otro-.
– Adelante, adelante…
– ¡De Oriente vienen los Reyes Magos!
Me quedé con la duda de si de verdad este hombre creía en los Reyes o si me estaba tomando el pelo, pero el caso es que con ese comentario quedaron olvidados de golpe los temibles chacales y pudimos continuar con la visita, con los chicos cada vez más animados llamándome por mi nombre y preguntando de todo. Mientras avanzábamos hacia la parte frontal del hangar escuché como uno de los del grupo de Diego le interrumpía consultándole insistentemente por la hora, poniendo a prueba su paciencia. En el de Kiko una chica muy menudita se rozó la cabeza con el plano de uno de los aviones y hubo que consolarla, cosa que él hizo con gran simpatía mientras una de las monitoras la abrazaba con infinita ternura. Qué bien lo estaban haciendo mis dos compañeros, pero sobre todo cuánto valor tiene lo que hacen esos monitores, dedicando su tiempo y energías a algo tan noble…
Los de mi grupo se quedaron asombradísimos al ver al diminuto Cri-Cri, probablemente el bimotor más pequeño del mundo, y alucinaron también con la historia de Fernando Rein Loring y su Comper Swift, camino de Filipinas. Les extrañaba que, siendo Rein Loring tan alto como yo les decía (en torno a 1,90), pudiera meterse dentro de un avión tan chiquitito, y se rieron mucho al imaginarse cómo le pegaba el viento en la cara todo el tiempo al no tener dónde esconderse, por aquello de ser tan espigado. Esto hacía muy fácil entender para qué servían las grandes gafas de los aviadores de antaño.
– Yo quisiera hacer una pregunta -dijo una vez más uno de mis amigos, mientras levantaba la mano-.
– Claro que sí, ¿de qué se trata?
– Quiero saber… si podría volar yo en un avión de estos.
– ¡Y yo también! ¡Y yo, y yo…!
Era de cajón que lo acabase preguntando alguno, de hecho también me lo habían consultado antes otros visitantes. A ellos les había explicado que, además de ser aviones históricos, auténticas joyas que hay que mimar y a las que les vamos haciendo las horas justas para seguir teniéndolas en estado de vuelo pero sin machacarlas demasiado, no nos podríamos permitir pagar los seguros que harían falta para poder llevar pasajeros a bordo. Sin embargo, a mis acompañantes de ahora les di otra razón más sencilla, aunque no menos cierta.
– Es que no tenemos ningún avión lo suficientemente grande como para llevaros a todos. ¿Cómo se sentirían los que no pudieran subir?
Todos asintieron con la cabeza. “Es verdad”, dijo uno, “claro, pobrecillos”, dijo otra. Para mi sorpresa el consenso fue general e inmediato. Ninguno protestó ni se quejó ni bromeó siquiera con el asunto, nadie del grupo volvió a insistir. Entendí que a ninguno de ellos se le pasaba por la cabeza disfrutar de privilegio alguno si eso significaba que alguno de sus compañeros pudiera ponerse triste.
Antes de que llegaran ellos, algunos de mis compañeros me habían comentado que habían tenido problemas organizando los grupos del público en general porque había gente que, habiendo llegado más tarde, intentaba colarse para pasar antes. Seguro que a nadie le extraña que entre doscientas o trescientas personas se encontraran unos pocos “listillos”. La nuestra es una sociedad en la que el que no corre, vuela, en la que el que se va a Sevilla pierde su silla, en la que reina la picaresca, la búsqueda del pelotazo y en la que hay hermanos que dejan de hablarse para siempre tras discutir por la herencia familiar, pero estas otras personas a las que llamamos discapacitados parece ser que tienen valores más altos a la hora de relacionarse con sus semejantes, o por lo menos mucha más empatía, más capacidad para ponerse en el lugar del otro y preguntarse cómo se siente. Da qué pensar, ¿verdad?
Tras regalarme esta pequeña lección de humanidad, fueron terminando las visitas y nos despedimos de ellos, nuestros nuevos amigos, que tenían que irse a comer. Algunos, los más efusivos, no quisieron salir sin estrecharnos la mano a sus guías y al resto de voluntarios, nos daban las gracias y, con cara de felicidad, nos decían lo bien que se lo habían pasado. Cuando se marcharon y se hizo por fin el silencio en el hangar, todos coincidimos en que, después de todo, había sido un gran día. Nos habíamos quedado sin vuelos, pero de alguna manera parecía que este domingo de exhibición no había sido menos exitoso que otros en los que se completa el aforo y podemos ver elevarse a una veintena de aviones. Sin duda hay sonrisas que valen por todos los esfuerzos.
Texto: Darío Pozo
Fotos: Shery Shalchian y Fundación ENAIRE.
 

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